martes, abril 08, 2008

Atrapado

El Nacional, Vespertino Dominicano

POR PEDRO P. YERMENOS FORASTIERI
(Primera parte)

Como quien, de repente, cae en un profundo y oscuro túnel del que le costará un gran esfuerzo salir. Así acudirá el país a las elecciones del 16 de mayo. Mientras descienda el voto al ser depositado en la urna, irá cayendo, acribillada en el corazón de su ilusión, la expectativa de un conglomerado humano de acceder a un destino diferente.

Todo está consumado para que así suceda, con independencia del color que predomine al amontonarse el torrente de boletas sobre la mesa del colegio electoral. Cualquiera de las posibilidades ganadoras están reiteradas en la ineptitud y en su inagotable vocación de hacer concurrir a la gente a una cita envenenada de promesas y luego convertir el compromiso contraído en una esquirla de papel a ser depositada en el primer zafacón que se encuentre en el camino.

Nada va a cambiar para bien a partir del 17 de mayo. Todo lo contrario, continuarán consolidándose las causas que nos han encerrado en este callejón angosto donde no hacemos más que estrujarnos nuestras miserias en un círculo vicioso que se eterniza. Claro que hablo de lo general. No se me escapa que para algunos, el mismo reducto de vividores de siempre, el boato habrá de multiplicarse y su obscena bonanza continuará cebándose de la más espantosa pobreza de un pueblo que merece otra suerte.

De esa manera se concretiza un absurdo. Un evento que, como unas elecciones nacionales, debiera sustentarse sobre bases esencialmente colectivas, deviene en la gran oportunidad para ciertas individualidades que, desprovistas del empujón mágico de la política al estilo nuestro, fueran seres anodinos, incapaces de autogestionarse y avalar con su trabajo un progreso personal legítimo. Son los adictos al poder. Fuera de él, padecen los estragos del síndrome de la abstinencia. Por eso, hacen lo que sea por una pequeña porción de la pócima que calme sus espasmos irresistibles.

Entristece mucho constatar el desaliento con el que tanta gente admite que irá a votar. Están convencidas de que lo hacen inmersas en la sensación generalizada de que concurren a una selección hecha a partir de opciones consideradas como negativas, donde miles de personas confiesan que se deciden por el que evalúan como el mal menor. Es el voto de la desesperanza, el que se deposita casi como un ritual, dando cumplimiento a una tarea inevitable, pero inútil. El trayecto hacia ninguna parte.

De eso surge una gran confusión. Suele suceder que el identificado como el mal menor, no es más que el mal menor ganador. Siempre hay opciones menos malas que esas, pero con escasas oportunidades de salir airosas. Por desgracia, continúa prevaleciendo una distorsión entre ganar y perder y, por eso, se evade lo que debería ser una responsabilidad ineludible: Apoyar a quien de verdad nos represente, con independencia de sus posibilidades. De esa manera nunca se pierde y no se concretiza la complicidad con el desastre que siempre adviene.

El certamen que se avecina ocurre bajo el influjo siempre pernicioso en realidades como la nuestra de la reelección presidencial. Nueva vez ha quedado demostrada la fuente de contaminación del proceso que representa ese fenómeno. La precariedad institucional que nos caracteriza propicia un escenario de competencia desigual. Es cierto que el dinero no garantiza victorias, pero facilita innegables ventajas de participación que son antagónicas con las reglas democráticas. Máxime cuando se demuestra, como es el caso, que no se tienen reparos en recurrir, con descaro, a esos beneficios espurios.

La disección de la coyuntura electoral continuará en la próxima entrega, siempre con el objetivo de sustentar una tesis: La nación, al margen de resultados, está atrapada en estos comicios. Todos los caminos la conducen al mismo lugar. Allí donde el circo que hace llorar continuará su función.

yermenossantos@codetel.net.do

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